
Marcos suspiró y miró el cielo cubierto de nubes que presagiaban tormenta. Definitivamente aquel no era su día.
Cometió un error garrafal en el banco donde trabaja y tendrá que pagarlo de su propio bolsillo, el cual ya está medio vacío por cancelar la factura que le envió el mecánico esta mañana por la reparación de su moto.
Y además es un día gris, justo de los que no le gustan porque detesta mojarse en la calle.
A sus 24 años este es uno de sus peores días.
Vuelve a suspirar, le da la última calada al cigarrillo, se pone la carpeta de solicitudes bancarias bajo el brazo y, con rostro resignado se ciñe el abrigo mientras sale del kiosko de la esquina hacia la parada del autobús.
Diez minutos después, ya en el centro de la ciudad, la lluvia es compacta y cae con fuerza inusitada. Por las caras de los demás pasajeros nota que él no es el único que detesta mojarse, eso logra sacarle una de esas sonrisas que no llevan alegría, una de esas sonrisas amargas...
En ese momento se abre la puerta del autobús y una chica sube.
Está empapada, pero sonríe. Mira rápidamente a su alrededor buscando donde sentarse y al ver que no hay puesto se encoge ligeramente de hombros y se sacude un poco el cabello.
Marcos se ha quedado estupefacto al verla. Ella es como un pequeño destello de luz entre todo el gris del día. Casi sin darse cuenta, se levanta del asiento y le hace un gesto pra que ocupe su lugar. Ella le regala una sonrisa que lo deja sin aliento y se sienta con su bolso sobre las rodillas.
El se queda de pie a su lado y desde su altura la detalla mejor.
Máximo 17 años, estudiante de secundaria a juzgar por el uniforme de falda y camisa beige, ojos marrones con el maquillaje corrido por el agua e irradia un aura de alegría desquiciada que lo atrapa.
El autobús ha continuado con su ruta, pero aunque ya hay asientos vaciós, él sigue de pie al lado de la muchacha y ella parece no notarlo, pues va perdida en sus pensamientos mientras mira la lluvia caer por la ventanilla.
De pronto ella se ha puesto de pie, camina hacia la puerta, se va a bajar del autobús y Marcos no soporta verla irse, sin pensarlo se lanza tras ella a pesar de que aun falta mucho para su parada.
Una vez fuera nota el frio de la lluvia pero no le importa. Da un par de pasos largos y la alcanza, la toma por un brazo y le pregunta lo que ha querido saber desde que la vio:
-¿Por qué estás tan contenta?
Ella se ha volteado bruscamente y al verlo le ha tomado dos segundo reconocer su rostro.
-Eres el del autobús ¿no? ¿Podrías soltarme? Me estás poniendo nerviosa. Gracias. En respuesta a tu pregunta, no estoy contenta.
-Entonces ¿por qué no dejas de sonreir? El día es horrible, vas empapada y ni siquiera pareces molesta porque te retengo aquí en la lluvia.
-Sonrío para no llorar, tienes razón, el día es horrible, odio mojarme, hoy ha sido el peor día de mi vida, y la única razón por la que te estoy hablando en este momento es porque eres lo único bueno que parece estar pasando hoy...
Su respuesta lo ha dejado clavado en el sitio. La lluvia sigue cayendo, ajena a todo, pero él ya no la nota.
Ella aprovecha su desconcierto y le roza los labios con la punta de los dedos.
-¿Me besarías?- Le pregunta de un tirón.
El parpadea, sacude la cabeza y la toma entre sus brazos.
Sus labios se han encontrado de golpe. Se besan con desesperación. El la apoya contra una pared y desliza su mano por debajo de su falda de ella mientras ella le aferra el cabello con las manos y se pega más a él en respuesta.
En un destello de lucidez, él mira alrededor. La calle está desierta, ellos están en el punto más oscuro ya que casi no hay iluminación y la lluvia ha hecho que todas las ventanas de los edificios estén cerradas. En ese momento ella gime quedamente en protesta y le atrapa nuevamente con sus labios. Marcos, ahora que sabe que están solos, se entrega completamente al impulso salvaje que lo recorre.
El bolso de ella ha caído al suelo junto a la carpeta de solicitudes.
En segundos el instinto se encargó de guiarlos, soltaron botones, abrieron cierres y la falda de ella quedó arremangada en su cintura.
El la levantó casi sin esfuerzo y con una mano guió su miembro hacia su húmeda entrada.
Cuando la penetró ella gimió de sobrecogimiento y le clavó las uñas en el cuello y en la espalda mientras el sonido se perdía en el estruendo de la lluvia.
El movimiento de ambos al unirse y alejarse aumentó cada vez más de ritmo. Marcos sentía que iba a acabar en cualquier momento, pero por los gemidos que ella daba, debía estar a punto también. De pronto sintió como ella se arqueaba en sus brazos y supo que él tampoco aguantaría más.
Alcanzaron juntos un orgasmo tan intenso que les parecía que las gotas de lluvia se evaporaban al tocarles la piel. Se abrazaron fuertemente mientras la estampida de sus corazones se calmaba y la lluvia les enfriaba un poco la pasión.
Cuando se separaron para acomodarse un poco y recuperar sus cosas, ella le miró fijamente y le dijo:
-Gracias...
El la besó
-No tienes nada que agradecer, también era mi peor día.
Luego su rostro mostró preocupación y la miró con seriedad antes de preguntarle:
-Me imagino que estás consciente de las consecuencias que esto podría tener, no te quiero perjudicar...
Ella no le dejó terminar
-No te preocupes, estoy en anticonceptivos por un tratamiento hormonal, no va a pasar nada. Supongo que ahora nos despedimos ¿no?
El la miró fijamente y le respondió:
-Pues pensaba ofrecerte acompañarte a tu casa, si no te importa...
Ella le miró con picardía.
-Claro que no- Le tomó de la mano- Me encantaría...
Y así, la lluvia fue testigo de un amor nacido del desatino de dos seres...